Esta es Anxa
No
tengo colmillos ni escamas de ofidio, al menos ninguna visible. Las
circunstancias algo extrañas de mi concepción tuvieron consecuencias más bien
benéficas: me dieron una salud inalterable y esa rebeldía que tardó un poco en
manifestarse, pero finalmente me salvó de la vida de humillaciones a la cual
sin duda estaba destinada. De mi padre heredé la sangre firme, porque ese indio
debió ser muy fuerte para resistir tantos días el veneno de la serpiente y en
pleno estado de agonía darle gusto a una mujer. A mi madre le debo todo lo
demás. A los cuatro años sufrí una de esas pestes que dejan el cuerpo marcado
de cráteres, pero ella me sanó amarrándome las manos para que no me rascara,
embetunándome con sebo de oveja y evitando que me expusiera a la luz natural
durante ciento ochenta días. Aprovechó ese período para quitarme las amibas con
infusión de calabaza y la lombriz solitaria con raíz de helecho y desde
entonces quedé buena y sana. No tengo huellas en la piel, sólo algunas
quemaduras de cigarrillo y espero llegar a vieja sin arrugas, porque el sebo
tiene efecto perenne.



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